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sometida1 Luna Signo Argentina Martes 21 de Mayo 
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Narcisa Madre
101 Maneras de calmar a un bebé

Foto Portada ¡Por fin un libro con opciones realistas para madres de bebés que lloran! O sea, casi todos.

101 Maneras de Calmar a un Bebé, de Marcela Osa, tiene la rara virtud de abordar un tema complejo pero cotidiano de forma exhaustiva y atrapante a la vez. Da opciones que tienen en cuenta las reales necesidades de esa simbiosis, maravillosa y agotadora, que son la dupla madre-hijo, mientras nos lleva de la mano, con humor, sustancia y magia, por toda la evolución de la humanidad, para contarnos nuestro origen, el de todos, y todas las posibles causas de ese sonido angustiante para toda mamá, el llanto de su hijo.

Mi primogénita no lloraba ni cuando tenía hambre. Se limitaba a buscar con la boquita rebotándola sobre la sábana (hociquear le dicen las abuelas) hacia un costado y el otro, mientras hacía un gemidito tenue.Durmió la noche entera desde el primer mes. ¿Habrá sido porque me pasé el embarazo escuchando a Mozart y Vivaldi y era yo la que no quería irse a dormir para quedarme observándola un ratito más? Mi madre, celosa, me acusaba de atenderla demasiado rápido. Durante los cuatro años y medio en que fue hija única yo anduve por la vida creyéndome la mejor madre del mundo.

Hasta que nació mi varón. Apenas asomó la cabecita en la sala de partos lanzó un berrido indignado y machazo que duró toda la revisación de rutina y forzó al neonatólogo a devolvérmelo, como si fuera un carboncito encendido, y a apoyarlo sobre mi panza (que parecía un globo desinflado). Ahí se calmó ipso facto.

Las reglas del sanatorio eran bien estrictas y obligaba a los bebés a permanecer en la nursery con excepción de unos 20 minutos, cada tres horas, en los que la madre podía tenerlo en brazos, en su habitación. El resto del tiempo yo iba a verlo, junto con las visitas, a través del vidrio. Era el único que estaba boca arriba y llorando, casi todo el tiempo. Pero cuando le hacía señas a la nurse de que me lo trajera, que quizás tenía hambre, ella me indicaba su reloj, para recordarme de que no era la hora.

Quizás por eso,o porque yo me pasé todo su embarazo estudiando periodismo y tecleando en una ruidosa Olivetti (no había compus en esa época), o porque está en su naturaleza expresarse ruidosamente, el pequeño no sólo lloraba a los gritos y revoleando los puñitos en el aire ante la menor provocación, si no que no durmió una noche entera hasta que tuvo un año y medio. Para esa altura ya me había quedado claro que la cocarda de mejor madre del mundo había sido sólo una ilusión promovida por el hecho de que había debutado como madre con una hija sumamente considerada.

Probamos de todo con el padre. Y busqué literatura al respecto. Lo único que había eran libros que explicaban la angustia del octavo mes, y otros que recomendaban dejar al bebé llorando. Unos y otros me resultaron inútiles. No pensaba dejarlo llorando solito en su cuna.

Ojalá hubiera habido en ese momento un libro como el que acaba de publicar Osa. Empático, bien informado e informante, con soluciones realistas que tienen en cuenta al bebé y a la madre. No sólo eso, incluye a toda la familia grande y amigos.

El libro termina con una guía exhaustiva, que incluye desde métodos alopáticos convencionales, pasando por todas la terapias alternativas y complementarias hasta incursionar en los pasillos secretos y místicos de la sabiduría popular. Da soluciones concretas y multidisciplinarias para cada posible motivo de angustia infantil.


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