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por Guadalupe Hernestrosa
Antropología y Detergente: DEJÁ, LAVO YO
La conquista del territorio alrededor de una pileta llena de platos sucios parece una victoria extraña. Sin embargo, tiene connotaciones insospechadas a primera vista.
La escena es bastante común. Tres o cuatro parejas, una cena o un asado. Todos amigos, un encuentro informal, doméstico, en confianza. Llega el fin de la comida y las mujeres – obedientes a una atávica ley no escrita – nos levantamos todas juntas y, como un ballet bien sincronizado, procedemos a retirar la vajilla, mientras los hombres estiran las piernas y paladean la sobremesa. Ninguno de ellos – varones de mentes abiertas, modernos, sensibles, bastante alejados del prototipo machista – hace el menor gesto para participar en esa tarea. Las mujeres, como gallinas atareadas, damos vuelta alrededor de la mesa picoteando servilletas de papel, platos sucios, cubiertos sueltos, dejando – eso sí, Dios nos libre – copas y botellas a disposición de los hombres. Y nos retiramos a la cocina.
No me digan que no fueron actrices de estas escenas, que no participaron más de una vez en esta ceremonia sexista, porque no les creo. La única excepción se produce en aquellas casas que cuentan con servicio doméstico permanente, en cuyo caso se delega la obligación femenina hacia otra mujer - una profesional, digamos -, y todos tranquilos.
Resulta llamativo que estos mismos hombres, en sus casas, en la intimidad de sus hogares, suelen participar en las tareas domésticas, lavar los platos en oportunidades, colaborar en la cocina o las compras. Pero parece que la proximidad de sus pares, el espíritu de manada, los convierte en señores del siglo diecinueve. Repantingados en sus sillas, sólo les falta aflojarse los pantalones y dar unas palmadas para pedir el café.
Pero esto no es nada. Lo peor viene después. No sólo aceptamos la inveterada división de roles con absoluta naturalidad, sin pestañear ni someterla al más mínimo pensamiento crítico, sino que la llevamos un paso más allá. Sí, señoras, en la cocina, junto a la mesada, es donde surge una competencia absurda e hilarante: la pelea por quién lava los platos. Se desarrolla frente a la pileta a través de caderazos sutiles al principio, leves empujones de hombros, hasta llegar a desesperados culazos, todos intentos por desplazar a la competidora que se empeña en ubicarse frente a la pila de platos sucios.
Dejá, lavo yo, es el grito de guerra – en voz baja - de esta batalla secreta. La dueña de casa juega en su cancha, y a menudo hace valer sus derechos: “No, dejá, que es mi casa, que cuando vamos a la tuya…”. Las invitadas retrucan: “Pero, con todo lo que trabajaste preparando las cosas…”. Finalmente, alguna se impone y se apodera del terreno, una mesada repleta vajilla, restos de comida y repasadores manchados. Es un momento difícil para las derrotadas: qué hacer, dejarla sola con su trofeo, merodear la zona para colaborar, robando algún trapo de rejilla para repasar la mesada, apoyarse contra la heladera y acompañar con alguna charla liviana… El lavavajillas es lo único que puede evitar la situación. Y aun así, se puede dar la pelea por enjuagar antes de meter las cosas en el aparato. La triunfadora volverá a la mesa con un aire satisfecho y – tal vez exagero – de superioridad.
Desde un punto de vista, se puede aceptar que vivimos en el mundo en que vivimos, y que así como en general no se nos ocurre participar en el sucio trabajo de cambiar una goma o preparar un asado, y se lo cedemos gentilmente a los hombres, las mujeres debemos asumir las cargas asignadas en el reparto de los géneros. Y también que esa batalla de culazos frente a la pileta de la cocina no es más que una de las curiosas formas que toma la solidaridad femenina, una manera de socializar la tarea.
Pero esta visión no termina de convencerme. He participado en alguna de estas escaramuzas y siento que detrás de ellas late algo más, un poco menos luminoso, algo relacionado no con la solidaridad sino con la competencia. Mirándolo de afuera, con el desapego del enfoque antropológico, recuerda a los comportamientos de las hembras de cualquier manada, un ritual para establecer y reforzar los rangos. De alguna extraña manera, la posesión de la pileta llena de platos sucios es una señal de estatus dentro de la compleja red de relaciones femeninas. No importa que seamos profesionales exitosas, que nuestros intereses vayan mucho más allá de los quehaceres domésticos, que en nuestras respectivas casas lavemos los platos sólo a veces: el espíritu de la manada termina por imponerse. En ese momento somos hembras de un grupo que acaba de alimentarse. Y dentro de las reglas que llevamos grabadas – aunque creamos que no, y mal que nos pese luego de ya dos generaciones de feminismo practicante – está la de demostrar que somos amas de casa eficientes, que cumplimos con nuestras obligaciones. Y son pocas las que se animan a negarse a seguir estas pautas, y se quedan en la mesa, junto a los hombres, sin mover un dedo. Cuando esto ocurre, nadie dice nada, pero en el aire se percibe que algo se quebró, cierto desconcierto, una muy bien disimulada incomodidad.
Creo que no por nada estas situaciones se dan a menudo alrededor de la comida, que saca a la luz lo más primitivo de nuestro ser (me parece a veces que en este aspecto puede ser más poderosa que el sexo). Volvamos a contemplar la escena: los machos con la panza llena, relajados, y las hembras disputando el lugar de privilegio en el escalafón grupal. Parece el Discovery Channel. No sé si es patético o tierno.
Ilustración de nota: Mel Broglio
Comentarios sobre esta nota
 | Laura Córdoba escribió : realmente leer esa descripcion de la "sobremesa" grupal me hizo reir, se me vinieron a la mente imagenes de mis tias, abuelas y madre (y en ocasiones mis amigas tambien) "luchando" por el podio de platos y detergente...
y recuerdo el peso de sus miradas sobre mi nuca por no levantarme de mi silla a participar en la lucha por el lavado... creo que nunca fui muy competitiva... ja enviado el 27/07/2009 15:38:13
| | melissa chin escribió : Creo que ellos cambiaron el ir de cazeria por un mamut por oficinas,edificios,despachos,petroquimicas,Y nosotras el "Prepar el mamut para comer"por:PREPARARLO+lavar los platos! jajaja,buena nota felicidades! enviado el 27/04/2009 00:28:06
| | La Loca escribió : En esas situaciones, opto por:
1-O no levantarme de la mesa, y gozar del privilegio masculino de ser servido por otras. Ó
2- Invitar a los varones a quitar la mesa y lavar los platos, con frases como " ya que las mujeres cocinaron, los varones levantan la mesa y lavan" " chicos, ayudan?" La verdad....nunca soy bien mirada.
La idea es que nosotras no sigamos haciéndolo. BASTA! enviado el 20/02/2008 14:25:45
| | Beti Boop escribió : PATETICO!!!!!
siempre tuve la misma vision sobre este fenomeno, considerado instinto y que no es mas que sometimiento cultural. Yo vine desprovista del chip que nos hace eyectarnos de la silla para llegar primero a la pileta de cocina. no obstante algunas veces lo simule, para quedar bien, vió, pero un dia me decidi: si detesto lavar los platos, NO VOY A PELEAR POR HACERLO !!! habiendo tanta gente dispuesta. enviado el 11/01/2008 00:02:12
| | coti nosiglia escribió : yo tambien me siento identificada, a ustedes tambien los hombres las llaman boludas totales?
chuikis
las quierrrrrooooooo enviado el 11/12/2007 17:23:24
| | Jazz escribió : Impresionante!!!!!
Y si, yo también me reí y me angustié al mismo tiempo.
Imposible zafar de semejante mandato. Me creerían que en mi casa algunas narcisas hay llegado a lavar platos descartables habiendo además lavavajillas????
Felicitaciones por la página. enviado el 13/11/2007 12:42:24
| | Laura Colpachi escribió : Soy de las que se quedan en la mesa, aunque siempre lo consideré una mezcla de pereza y rechazo a los quehaceres domésticos lo que me mantiene allí. Además siempre me queda una considerable dosis de culpa.
Pero la nota suena demasiado acertada como para discutirla en base a mi propia excepción. enviado el 02/09/2007 23:01:34
| | Flavia Mameli escribió : ¿Me creen si digo que me reí y me angustié al mismo tiempo? Excelente imagen la de los culazos... tantas veces dados.... y recibidos. Creo que en ese lavar los platos definitivamente se disputa ese rol femenino, del que tanto queremos huir, aunque a veces así no lo parezca. enviado el 16/08/2007 12:38:04
| | iv escribió : nunca lei algo tan real, pensar que yo creia que solo sucedia en mi familia, los domingos, los dias de cumpleaños y bueno ni hablar en las fiestas de Fin de Año.
Pero es tal cual, sobre todo el detalle de la pelea frente al lavaplatos. enviado el 02/08/2007 12:48:09
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