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Por Quena Strauss
Consuelo de idiotas
Un falso espíritu de camaradería nos hace canonizar, en forma automática, a la mujer “abandonada”. Terminamos festejando lo obvio cada vez que una de nosotras es devuelta a la canasta de saldos. Nuestro sentido común entra en pausa.
Tenía que pasar. Y pasó. La pareja (no importa cuál, porque a la hora de separarse son todas más o menos iguales) venía en falsa escuadra y terminó por colapsar. Adiós. El tipo se mudó solo....al departamento de la compañera de trabajo con la que se veía a escondidas desde hace meses. A repartirse pues los compactos. Los muebles. Los amigos. El gato no. En su caso, se aplica el régimen de visitas: uno se lo queda y el otro lo va a ver. Igual que para los hijos, si los hubiera. En síntesis: en sólo dos semanas, uno de esos universitos que cada quien construye cual pájaro carpintero durante años sólo para sentirse un poco más amparado en medio de la nada, vuela por los aires y -¿cómo no?- hay heridos. Siempre hay heridos. El punto es que, haciendo gala de un espíritu samaritano por demás bizco, ante cualquier vuelco con incendio sentimental como éste las mujeres solemos canonizar ipso facto a la “abandonada”. No, no importa si a ella misma el episodio la tiene sin cuidado, si ya se agenció a otro que le deje todo el baño empapado después de cada ducha o bien si festeja haber recuperado la plena posesión de la cama. Imbuídas de un falso espíritu de camaradería genérica que apesta a puesta de barba en remojo, solemos convertir a la ex en una mujer admirable. Tesonera. “De fierro”. “Una madraza”...así lo único que haya para maternar sea el susodicho gato. El nido sin techo ni pajarón a la vista nos conmueve hasta el hueso. Y nos duele hasta la instancia superadora de las lágrimas: hasta la estupidez, hasta el sinsentido. Supongo que cierta configuración genética es responsable de semejante chuequera intelectual. Supongo que detrás de cada tipo que se manda a mudar (y que, como en el mito urbano, dice que se va a comprar cigarrillos a la esquina y no vuelve nunca más) no vemos otra cosa que pichones en ayunas. Que conejas recién paridas sin nada que llevarse al hocico. Y que quizás por eso la sola visión de la nueva sola nos priva hasta del sentido común. Quién sabe. Puede que vernos en la prójima sufriente haga que cierta circunvolución cerebral indispensable para el buen juicio entre en pausa, en huelga de celo. Y a punto tal que terminamos festejando lo obvio. Lo lamentable. Lo mínimo. “No sabés qué bien, Menganita....Empezó a trabajar. Y como los nervios casi no la dejan comer, adelgazó un montón. Al final de cuentas, lo bien que hizo en separarse”, celebramos a coro, vendiendo como logro lo que en definitiva no lo es. Porque, convengamos, ¿cuál es el mérito de laborar como cualquier hija de vecina? ¿Y cuál la gracia de haber dejado de roer como un pecarí? Las cosas, como son: si la fulana ganó la calle y se puso en línea otra vez no fue por ser “una mujer de fierro” ni “una madraza”. Fue porque, mal que le (nos) pese, hubo un tipo que no tuvo empacho en devolverla al canasto de los saldos con el cartelito de “¡Oportunidad!” enchastrándole la frente. Y eso, para nuestra torcida idea del amor como una meritocracia (esto es, “Si sos buena, él siempre te va a querer”) simplemente no nos permite procesar un caso como éste. Queremos, necesitamos, exigimos que el mundo regrese a su orden natural, a su (según nosotras) equilibrio original. Ese en el que ser buena hasta el asco es garantía de amor interminable. ¡Mentira! Y mentira también que una congénere devenga en modelo de nada por el sólo hecho de no haberse colgado de una palmera luego de que su respectivo hiciera abandono de hogar. Lo siento, chicas: somos más fuertes de lo que sospechamos. Mucho más de lo que nos enseñaron, mucho más de lo que gustaría. Pero, por eso mismo, no tiene sentido este tonto afán de ponernos siempre, siempre, del lado de las perdedoras. Al menos por una vez, dejemos de ser tan estúpidamente corporativas y dediquémosle un bien ganado “¡Chapeau!” a la otra. A la que se llevó eso que hasta ayer nomás nuestra admirada “mujer de fierro” no era capaz de distinguir del aparador: su propio marido. Y, por sobre todas las cosas, al menos por una vez en la vida dejemos de estar del lado de las lacrimosas, de las reptantes, de las eternamente entregadas a hacer pucheros. Que sufrir de a muchas (y hasta disfrazarlo de victoria, de “historia de superación personal”) es consuelo, sí. Pero sólo de idiotas.
Ilustración de nota: Mel Broglio
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