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por Luis Buero
Cocineros de la televisión
Manjares exclusivamente creados para que los miremos por tevé...
Veo circular por la ciudad, cada noche, dos tipos de personas: las que llegan en un auto importado a un restaurante del barrio Las Cañitas, donde van cenar milanesas con huevo frito a caballo, a razón de 50 pesos el cubierto, y las que van con un carro hecho con cañitas, tirado por un caballo, dispuestas a revolver bolsas en las que quizá, además de cartón, encuentren una cáscara de huevo para comer. Ni las unas ni las otras morfan en su casa: las primeras porque no tienen tiempo, las segundas porque no tienen casa.
También hay una tercera clase de porteños: los matrimonios jóvenes que estudian, trabajan, practican algún deporte, hacen terapia, y tienen encuentros frecuentes con amigos en esos bares que salen en las publicidades de vodka. Para ellos, entre un bife cocido que sobró de ayer y la hamburguesa de mañana hay una sola diferencia:“48 horas”. Piensan que todo lo que se mueve se saluda, y todo lo que está quieto, con dos panes de salvado doble diet, puede convertirse en sándwich. Van tan seguido a los “fast food” de los shoppings que ya las cajeras les cuentan su vidas, y pasan velozmente por los supermercados para cargar todo pomito, sobrecito, sachet, saquito, polvito y gragea, que por efecto místico de su encuentro con el agua se convierta en comida. En este grupete podemos sumar los solos y solas que viven como únicos habitantes de mono-ambientes y compran todo hecho en porciones para uno, o son casi accionistas, de tanto llamar al delivery, de cuanto local de “solo empanadas” se instale.
El cuarto grupo lo forman las abuelas jóvenes, que si son divorciadas o viudas en situación de merecer, andan con su nueva pareja recorriendo el país. Y las que ya no pescan ni un salmón arrugado, se juntan en las confiterías antiguas a tomar el té con las amigas para criticar un poco a las nueras y los yernos. Y finalmente están los nietos, que van del pelotero a la cajita feliz, mientras las vacas en el campo se mueren aburridas, de muerte natural o son exportadas a Groenlandia.
Entonces, si el gusto popular y paciente de la cocina se ha perdido en la gran ciudad, pregunto: ¿para quién caramba cocinan MARU, ARGUIÑANO, todos los del canal GOURMET, la señal UTILISIMA, la rubia JIMENA MONTEVERDE, la viajera NARDA LEPES, la añeja BLANCA COTTA, etc., etc.....¿Cómo se explica este nacer ininterrumpido de programas de teve por cable, y ciclos o secciones de televisión abierta dedicados al arte culinario? ¿Por qué crecen las escuelas para ser chef, algunos cocineros son tan famosos como galanes, hay “ecónomas” que reciben premios Martín Fierro, otras dirigen suplementos en los diarios y encima publican libros best-sellers?
Justamente, tal vez, “por eso”. Porque al igual que los artistas ficcionales de series y telenovelas viven romances imposibles, ellos, los cocineros de televisión, crean manjares exclusivamente para que los miremos por tevé.
Como también vemos jugar al fútbol y no jugamos, y escuchamos a ALESSANDRA responder a una consulta de una señorita que no sabe cómo obtener orgasmos con la aspiradora.
Si, desde la época de Doña Petrona, que se pasó más de veinte años rompiendo los huevos (contra el filo de la sartén) por Canal 7, hasta los nipones, italianos, gallegos y demás estrellas del cucharón de hoy, todos nos maravillan con sus menjunjes exquisitos como si fueran documentales, con imágenes de países lejanos que nunca tendremos ocasión de visitar. Y mezclan colores imposibles, sabores inauditos.
Nos remiten, si, a esas nonas de antaño que amasaban los ravioles, las que nos hacían el puchero con caracú para soplar y les ponían kilos de duraznos con crema a sus tortas de tarde de sábado, o cuando éramos chicos y nos asomábamos curiosos a la mesada en la que mamá mechaba con amor y seguridad nuestros bocados.
Nos recuerdan que alguna vez pertenecimos a la naturaleza, no solo a la quimera del ascenso laboral, la competencia y la supervivencia. Que la casa, además de un espacio físico, era un hogar.
Si, un tiempo con tardes con aroma a bizcochuelo horneándose. Existió un Buenos Aires con tiempo para vivir y amar, aunque usted, como diría Ripley, no lo crea. Para todo lo demás, está la famosa tarjeta.
Comentarios sobre esta nota
| Anónim@ escribió : prueba de comentario enviado el 10/10/2011 00:01:06
| | Anónim@ escribió : prueba enviado el 09/10/2011 23:45:07
| | gabriela escribió : Otra vez que me inspiro y me tomo la molestia de escribir mi comentario y este no aparece... enviado el 08/10/2009 14:21:52
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