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por Carolina Domínguez
Chicas superpoderosas: primera entrega

Foto Portada Se atreven a practicar deportes que antes eran impensables para las mujeres. La falta de apoyo y difusión, las críticas y los problemas económicos forman parte de su día a día. Sin embargo, la pasión es más fuerte: estas pioneras son bravas, pero logran conjugar el encanto de la agresividad, la fuerza y la garra con el mundo de los tacos, los collares y los hijos.




Capítulo 1: La vida por la ovalada

Entre scrums y tackles se apuran para llegar al try. No se asustan cuando una tropa de jugadoras inglesas, que las doblan en tamaño, corre para arrebatarles la pelota. Sí, estamos hablando de rugby. No es un error de edición: las que lo practican son mujeres.

“Estas son todas tortas”, escuchó Daniela Torcchio que decían los Puma Classic, los veteranos del deporte. Sabía que esos comentarios se iban a repetir, pero a la capitana de Ñandú, el primer equipo de rugby femenino de la Argentina, no le importó. “Nosotras sabemos lo que somos, y si a alguna le gusta otra cosa, problema de ella”, se defiende. “En todos los ámbitos generalmente te acepta más la gente que no entiende, que no conoce, que los que están adentro del deporte. Es muy poca la gente que está adentro del rugby que nos acepta”, declara.

Ella quería acción. Aburrida de las zapatillas de ballet clásico, a los 14 años decidió optar por el contacto, la velocidad, la fuerza: “Me gusta el juego de equipo, los sentimientos que podés sentir adentro de una cancha, la unidad, el compañerismo, la demencia con la que se juega”, dice. En su familia nadie practicaba el deporte y el máximo contacto que había tenido con el rugby había sido en el colegio, donde los entrenamientos eran solamente para varones...

Daniela veía partidos por televisión y soñaba con ser parte de ellos. Por eso se acercó a la Unión Argentina de Rugby, donde descubrió que se estaba por formar un equipo con profesoras de gimnasia que buscaban otra salida laboral. Así, en 1997, nació Ñandú. El equipo pasó por varios espacios: el Cenard, el Club Vicente López y finalmente el Centro Naval. En ese lugar pude presenciar un partido entre las chicas de Nandú, unidas con otras jugadoras provenientes de los pocos equipos del interior que existen, que se enfrentaron a un equipo inglés. Todos los años se producen en el club estas visitas internacionales, a veces por partida doble, y es el momento para poner en práctica todo lo que se entrenó, más allá de los partidos locales.

Los lunes y los miércoles el equipo se prepara: los pases suceden a los empujones y una queja del preparador físico se impone: “¡Les dije que se pongan el protector bucal!”. Es que ellas no siempre lo usan. El primer día que Daniela jugó, patearon una pelota que le cayó directamente en la cara y a ella le gustó. Sucede que los golpes son moneda corriente para las chicas: “después te empieza a doler todo, pero adentro no lo sentís. Jugás con la misma fuerza que las de enfrente”, aclara la deportista. También comenta que algunas mujeres son más violentas, pero que en su equipo tratan de tener la mente fría y no devolver las agresiones.

Y para protegerse las chicas se ponen todo. Usan hombreras, más que nada para cubrir los hombros y poder chocar a otras. Las más pulposas deben usar más protección. “Tratamos de no tener el pelo en la cara y el maquillaje en los partidos no existe”, dice Daniela.

Pero las lastimaduras y los arañazos van de la mano con los prejuicios. Muchas personas piensan que estas chicas son poco femeninas. Por eso a Daniela la avergüenza hablar de su profesión: “Trabajo en una empresa de materiales de construcción... Ahí me dicen que tendría que haber sido hombre. Mis amigos son todos varones, juego al rugby... Pero yo me siento femenina”.

Y como la mujer que es, la capitana tiene una nena de 3 años que la acompaña a los entrenamientos. Vestida de blanco, juega y se revuelca por el barro del costado de la cancha, hasta que su mamá vuelve y se lamenta: “¿Por qué mi hija está así?”. También cuenta que la mayoría de las jugadoras tienen hijos: “somos iguales a otras mujeres; solamente que los lunes y los miércoles entrenamos rugby y los domingos jugamos. Nuestros hijos están siempre dando vueltas por acá”, dice.

Para Daniela, la maternidad no fue un impedimento para seguir jugando, aunque muchas rugbiers se retiran luego de dar a luz. Ese es un gran problema: como la disciplina no es conocida, no se acercan tantas mujeres y las pocas que hay pueden quedar embarazadas y no volver. Eso a los hombres no les pasa. Sin embargo la edad no interesa. No existen límites salvo los impuestos por el propio cuerpo: “cuando ya no tenés más ganas no podés jugar más, porque no te divertís; te golpeás”, explica Daniela.

El amor por el deporte fue más fuerte para ella, que se reincorporó cuatro meses después del parto. En esa época, el 2004, se disputó el primer Seven Sudamericano Femenino, con una especie de Selección Nacional. “Lloré mucho porque no pude ir”, dice. También menciona que no existe otra Selección, porque no alcanzan las jugadoras para conformar equipos de 15. “De la única manera que se puede es en un seven, porque no hay jugadoras. Los equipos del país están formados por 10 chicas como máximo. Contra Inglaterra estamos jugando de a 15 porque juntamos dos equipos”, dice Daniela.

El deporte aún no se promocionó lo suficiente en el país: “Todavía para nuestra cultura no es natural”, explica la capitana. Recién ahora la UAR está difundiéndolo porque se necesita un grupo femenino para poder disputar los Juegos Olímpicos. “En otros países las mujeres juegan los mismos torneos que los hombres. Brasil, Venezuela, Perú, Paraguay, que en rugby masculino son malísimos, en el femenino crecieron un montón; nosotros no. Eso es por la discriminación. Es muy machista el ambiente y todavía hay mentes muy cerradas”, dice la jugadora.

Afortunadamente parece que las nuevas generaciones están más abiertas a los cambios. “Los infantiles y juveniles son a los que se les está haciendo normal vernos. A la gente grande le cuesta más, pero los chicos ya vienen con nosotras incorporadas”, explica Daniela.

La entrevistada remata la nota con una comparación que no se anima a desarrollar pero se entiende bastante: “No es lo mismo que mi hija, pero realmente son satisfacciones todo el tiempo. Se juntan sentimientos de emoción, de querer matar a alguien, y a veces son tantas alegrías que decís: Esto es como el parto”.

Más información sobre el Rugby Femenino de la URBA

Próxima semana: segunda entrega


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